Desde la ventana veìa el jardìn y el roble. Mientras hacìa la mermelada, de rato en rato daba una mirada afuera. Impaciente de salir a jugar como todos los demàs. Si era invierno y veìa el àrbol nìtido significaba que la niebla habìa levantado y no era un dìa para trepar. Pero si lo veìa a medias por la neblina era perfecto para esconderme en las ramas y leer y leer. La niebla nos hacìa invisibles.
En esos tiempos ninguno de nosotros pensàbamos en el sexo, excepto la obvia curiosidad cuando veìamos lencerìa colgando de las pitas de lavar, pero nosotros: enanos, descalzos, comiendo fruta y corriendo por el chume tenìamos cosas mucho màs divertidas que hacer.
Sì tuvimos que enfrentar el llanto, la rabia, la frustraciòn. Pero nunca el ansia; nunca.
El ansia llegò muchos años despuès, con un traslado. Ahì el sexo adquiriò importancia. Se hizo hasta un hàbito diario; el ùnico juego residuo de una estaciòn feliz. Y es aùn asì. Cuando hago el amor, retorno a sentirme una chiquilla que experimenta la vida.



